Snoopy, el musical de los niños y los padres

snoopy

Ser un niño o adolescente a principios de los noventa y llevar pañuelos, camisetas o mochilas de Snoopy era una moda por la que todos los pequeños de esa época pasamos. Snoopy era un personaje icónico en un mundo sin internet, del que solo conocíamos su imagen. Pero ahora, con Snoopy, el musical, el divertido espectáculo que se puede ver en el Teatro Cofidis Alcázar, podemos conocer mejor, y hacer que nuestros hijos descubran a esta disparatada pandilla de niños.

La obra, que no está planteada como una única trama, si no que se plantea como una sucesión de sketches o escenas independientes (reproduciendo las propias viñetas de este cómic), está marcada por dos cosas a mi parecer fundamentales, las estupendas voces de los actores (sigo impresionada por la cantidad de artistas con voces espectaculares que actúan en musicales infantiles) y una pianista que marca el compás de cada intervención. La oportunidad que ofrece a mis hijos el poder ver ambas disciplinas en conjunto es única.

En el escenario del Teatro Cofidis Alcázar, que incluye como elemento central la icónica caseta de Snoopy, aparecen todos los protagonistas de la obra: por supuesto Snoopy, filosófico, inconformista y un poco… gamberrete… sin ninguna intención de hacer lo que se supone que debe hacer el “mejor amigo del hombre”; su dueño, Charlie Brown junto su rubia y perfecta (cuasi más bien) hermana Sally Brown; los hermanos Linus van Pelt (y su inseparable mantita) y Lucy van Pelt (una niña con grandes pretensiones de destacar entre los demás); la divertidísima y traviesa Peppermint Patty (enamorada en secreto de Charlie) y, por supuesto, Woodstock, el compañero inseparable de Snoopy y, sin duda, uno de los personajes más divertidos de la obra que, sin pronunciar una sola palabra consigue sacar las risas de todo el público…

Os aconsejo no despistaros mucho y seguir atentamente la trama porque él va estar siempre a la caza del espectador que ande por las nubes (lo digo por experiencia propia).

Durante la obra, como os comento, se reproducen diferentes sketches extraídos de las tiras cómicas más icónicas de Peanuts (del ilustrador Charles M. Schulz) y podemos ver pasar ante nosotros a un Snoopy filósofo, que habla sobre comida o el futuro; a otro con pretensiones de escritor (con su famosa máquina de escribir blanca), redactando sobre la azotea de su caseta, y que se muestra como un optimista empedernido que ve el vaso siempre lleno tras enviar una y otra vez su manuscrito y recibir una y otra vez negativas de la editorial a publicarlo. 

Pero si hay un sketch que destaca entre todos los demás (en mi opinión, claro, sin duda) es en el que los protagonistas comienzan a imaginar a qué se parecen las nubes, y nos van describiendo con una preciosa canción, lo que les sugiere cada una de ellas… eso sí, sin dejar hablar al pobre Charlie Brown… 

Sin duda, esta obra es un planazo familiar de fin de semana. Aprovechad para revivir y revisitar la estética de los 90 y no os despistéis, porque Woodstock estará vigilándoos. 

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