Laika ha tardado siete años en volver a las salas de cine y lo ha hecho con la película más grande de su historia. Wildwood, dirigida por Travis Knight, presidente del estudio y responsable de Kubo y las dos cuerdas mágicas (2016), llegó a los cines españoles el 23 de octubre con el Premio del Público del Festival de Sitges bajo el brazo. Es el sexto largometraje de esta productora de Oregón y uno de los stop-motion más largos jamás rodados, ya que supera las dos horas de metraje.
El resultado en pantalla es de una espectacularidad grandiosa. Sin ningún rubor, este título puede situarse a la altura de otras adaptaciones épicas de imagen real, como la trilogía de El señor de los anillos (2001-2003) o Cómo entrenar a tu dragón (2025). Logra además una conexión inusitada con el espectador ávido de este tipo de historias, sobre todo en un plano emocional que no se veía desde hacía décadas. Con unos personajes redondos, secundarios incluidos, y unos paisajes que dejan con la boca abierta, la película demuestra que esta técnica tradicional llega más hondo que la animación digital.
De igual modo, Travis Knight, que este mismo año ha estrenado también la notable Masters del Universo (2026), sabe apelar al sentido más puro de la fantasía sin renunciar al componente oscuro que siempre ha funcionado en esta clase de propuestas. La película es toda una declaración de principios: rescata una forma de hacer cine en la que el fantástico despliega todas sus alas, lejos de las rarezas perturbadoras por las que transita buena parte del cine actual. Supone, en definitiva, un regreso por todo lo alto al sentido de la maravilla.
Es cierto que los espectadores más avezados reconocerán en ella motivos y situaciones tomados de otros títulos. Hay inspiraciones directas del universo de Jim Henson, en especial de Dentro del laberinto (1986) y Cristal oscuro (1982). También aparece la oscuridad que emanaba de ese clásico perfecto que es Nimh, el mundo secreto de la señora Brisby (1982), de Don Bluth. Se adivinan incluso ciertos retazos del primer Avatar (2009), de James Cameron, y del cine más ecologista de Hayao Miyazaki, el de La princesa Mononoke (1997). Nada de ello resta mérito a un director que ha sabido construir, sobre la mitología creada por Colin Meloy, una obra con identidad propia. Estamos ante una de las mejores películas de 2026 y, si los premios hacen justicia, ante la probable ganadora del Óscar a la mejor película de animación.
Dieciséis años en el bosque
Knight conoció la historia antes de que Colin Meloy, líder de la banda The Decemberists y vecino de Portland, terminara de escribirla. Laika acababa de estrenar Los mundos de Coraline (2009). La novela, ilustrada por Carson Ellis, esposa de Meloy, se publicó en 2011, y el estudio anunció la adaptación pocas semanas después. El autor puso una sola condición: que la película no llegara a los cines antes que los libros. Knight le respondió que el stop-motion avanza al ritmo de la deriva continental.
La espera jugó además a favor de los animadores. Según explicó el propio director en el Festival de Annecy, Laika todavía no disponía de las herramientas ni de la experiencia necesarias para una producción de esta escala. Tuvieron que pasar cinco películas. Chris Butler, guionista y director de ParaNorman (2012) y Mr. Link: El origen perdido (2019), condensó una novela de más de 500 páginas en un guion de unas 120. El rodaje arrancó en septiembre de 2021 en las instalaciones del estudio en Hillsboro, a las afueras de Portland.
Una producción a escala épica
Los números explican por qué Laika la considera su proyecto más ambicioso: 231 semanas de producción, más de un millar de artistas y artesanos, más de 130 decorados físicos, más de 230 marionetas y 142.000 caras impresas para dar expresión a los personajes. La maqueta de la mansión Pittock, uno de los edificios emblemáticos de Portland, necesitó más de once semanas de trabajo y entre 45 y 50 artistas.
El personaje más complejo fue el General, un águila de 86 centímetros y más de un metro y medio de envergadura. Llevó 3.794 plumas colocadas una a una, escogidas entre las más de 16.500 que se fabricaron. Cada pluma se anima a mano en cada fotograma, y un solo animador se encargó de casi toda su secuencia. Para esta película, el estudio incorporó además musculatura a la estructura interna de sus marionetas.
Otra decisión clave fue la fotografía. Caleb Deschanel, seis veces nominado al Óscar y responsable de El corcel negro (1979) o El patriota (2000), nunca había trabajado en animación. Su experiencia en grandes escenas de batalla resultó decisiva en un filme con combates y secuencias aéreas, y su mirada de operador de imagen real da a Wildwood una textura muy distinta a la de los títulos anteriores de la casa. El resultado combina stop-motion, efectos prácticos, miniaturas y efectos digitales.
Voces, música y un estreno independiente
Para el reparto, Laika emparejó grabaciones de la voz natural de cada candidato con los dibujos de las marionetas antes de elegir. El resultado es un elenco con Carey Mulligan, Peyton Elizabeth Lee, Jacob Tremblay, Mahershala Ali, Angela Bassett, Richard E. Grant, Awkwafina y Amandla Stenberg, entre otros. Knight se empeñó en contar con Tom Waits, conocido por rechazar casi todas las ofertas. El músico ya conocía las películas del estudio, aceptó y acabó improvisando y componiendo en la propia cabina de grabación. La banda sonora es de Dario Marianelli, que repite con Knight tras Kubo.
La distribución también se sale de la norma. En Estados Unidos no la estrena un gran estudio, sino Fathom Entertainment, mientras FilmNation gestiona las ventas internacionales. Es una fórmula diseñada para preservar la independencia de Laika.
Artesanía frente a algoritmos
Knight insiste en que Laika nunca ha renunciado a la tecnología: impresoras 3D, efectos digitales y escaneados conviven en el taller con antiguos relojeros, joyeros y ceramistas. Pero en un momento en que basta una instrucción para generar imágenes, defiende el stop-motion como un acto de rebeldía silenciosa. Wildwood es la prueba más contundente de esa filosofía: dieciséis años de espera y cinco años de rodaje para un cuento de hadas oscuro hecho, fotograma a fotograma, con las manos.
Cabe preguntarse, además, si la película es apta para todos los públicos. En España ha sido calificada como no recomendada para menores de doce años, y con bastante acierto, aunque esa edad podría rebajarse sin problema hasta los diez. De hecho, sus creadores apelan directamente a los cuentos clásicos de toda la vida, que en sus versiones originales no escatimaban pasajes oscuros. Basta recordar que, en la Caperucita Roja, el lobo devora a la niña y no aparece ningún cazador para salvarla, o que en La Cenicienta las hermanastras se mutilan los pies para que les entre el zapato y acaban con los ojos arrancados a picotazos por unas palomas. Generaciones de niños crecieron con esas historias y salieron indemnes, quizá incluso fortalecidos, porque el miedo bien contado también forma parte del aprendizaje. Y es en esa tradición donde Wildwood encuentra su lugar.
Aquí en este enlace podréis ver su tráiler.






