Durante el mes de julio, mi hija ha vivido una experiencia inolvidable en Rush, una apacible localidad costera cercana a Dublín, gracias al programa de inmersión lingüística de Kells College. Una vivencia que ha potenciado no solo su inglés, sino también su autonomía, su seguridad y su visión del mundo. Todas las fotos de este reportaje me las ha ido enviando ella.
Aprender inglés en un entorno real y seguro
Rush, donde tiene lugar el programa de Kells College, es un pueblo irlandés de unos 12.000 habitantes situado a tan solo 30 minutos de Dublín. Esta pequeña localidad combina lo mejor de la costa —con dos playas de arena, un puerto pintoresco y un campo de golf— con el encanto de una comunidad tranquila y acogedora. Un entorno ideal para que los jóvenes se sientan seguros y acompañados mientras mejoran su inglés.
Desde hace más de treinta años, Kells College organiza este programa de verano para jóvenes de distintas nacionalidades, con 15 clases semanales de inglés que se imparten en el colegio de Secundaria St. Joseph’s. Las clases están diseñadas para ser prácticas, dinámicas y participativas, y priorizan la comprensión y la expresión oral.
Inmersión total: vivir con una familia irlandesa
Uno de los pilares del programa es el alojamiento con familias locales. Mi hija se ha alojado en la propia localidad de Rush, en casa de una familia irlandesa que la ha tratado como una más. Además, ha compartido habitación con una estudiante italiana dos años mayor que ella, lo que ha favorecido aún más el uso del inglés en su día a día.
Adaptarse a nuevos horarios, comidas diferentes, costumbres distintas e incluso gestionar pequeños retos cotidianos —como no tener efectivo o pedir ayuda a los monitores— ha supuesto un aprendizaje clave. Todo esto le ha hecho ganar en confianza y madurez.
Amistades internacionales y actividades inolvidables
Durante el programa, mi hija ha hecho amigos y amigas de toda España, pero también de países como Italia o Francia. Esa mezcla multicultural se refuerza gracias a un programa de actividades diarias por las tardes, cuidadosamente diseñadas por los monitores.
Deportivas, como fútbol gaélico, bádminton, baloncesto o hurling. Culturales, como talleres de cocina, fotografía o bailes irlandeses.Lúdicas, como juegos en la playa, discoteca, noches temáticas o una gala final con talent show.
Cada semana han realizado excursiones grupales a lugares emblemáticos de Irlanda: desde la belleza natural de Glendalough hasta el castillo de Kilkenny, pasando por visitas al Trinity College de Dublín, el estadio Croke Park o el museo de Ciencias Naturales.
Además, los domingos han estado dedicados al Family Day, una jornada para compartir con las familias irlandesas y afianzar los lazos creados.
Un viaje que impulsa la madurez
Aunque viajar sola desde Barcelona suponía un reto, mi hija lo ha afrontado con valentía. Gracias a la cercanía del equipo de monitores y la calidez de su entorno, ha aprendido a desenvolverse por sí misma, tomar decisiones y asumir responsabilidades.
Volverá con un mejor nivel de inglés, pero también con una visión más amplia del mundo, recuerdos imborrables y amistades que —estoy segura— durarán toda la vida.
